Mi torito Tito
Susana recuerda una historia de amor incondicional por los animales.

Si hay un amor que siempre me ha resultado incondicional es el de los animales. Estoy enamorada de ellos desde el día en que nací. He tenido de todo: monos, perros, loros, gatos, caballos, cabras, llamas y, aunque parezca mentira, también un toro. Yo sé que todo el mundo les tiene pánico, pero Tito (así se llamó mi torito) me demostró que cualquier animal tratado con cariño puede ser domesticado.

Estaba un día en la chacra de Punta del Este caminando por el campo con mis perros: Rosa y Clara (dos hermanas Weimaraner), los ocho galgos del capataz, Jazmín (mi Yorkshire) y Frida, una perrita marca perro que apareció quién sabe de donde y se quedó a vivir con nosotros, cuando todos empezaron a ladrar como locos mirando hacia un mismo lugar en el medio del campo. Corrí a ver qué era lo que los tenía tan inquietos y me encontré con un espectáculo desgarrador, un torito recién nacido, todo mojado y abandonado en el medio de la nada. Me partió el corazón. A los gritos llamé pidiendo ayuda y entre todos lo llevamos hasta la casa. Compramos mamaderas, leche y consultamos con la veterinaria todo lo necesario para alimentarlo y criarlo.

Con los días, Tito se fue fortaleciendo, de la mamadera de leche pasamos a la de 7 Up (que lo volvía loco) y sus galletitas favoritas (que eran las de chocolate rellenas de crema). Entraba y salía de la casa, dormía la siesta conmigo y con sólo escuchar mi voz venía corriendo a mi encuentro. Tito fue creciendo y sus cuernos empezaron a representar un problema. Sólo con el ánimo de refregarse en mí expresándome cariño, me podía atravesar por la mitad. Compré goma espuma y le forré los cuernos todo lo que pude hasta proteger la punta filosa. Cabe aclarar que nunca tuve corazón para caparlo, decisión que, según los entendidos, hubiera menguado un poco sus aires de macho bravo. ¡No se imaginan la cara de la gente de campo que veía al torito haciendo vida de perro con los cuernos amortiguados!

Todo el mundo me decía que era una locura, pero Tito y yo éramos sumamente felices. Cuando pasó un año, ya no podía dejarlo entrar a la casa porque a su paso arrasaba con los muebles y la cama ya no hubiera resistido nuestras siestas juntos.

Algún que otro invitado había vivido momentos de zozobra encontrándose frente a frente con él y los vecinos, con mucha educación, manifestaban sus quejas por la libertad de Tito. Me hice la tonta todo lo que pude, hasta que una mañana, amanecimos con los gritos del jardinero que corría por todo el parque seguido por Tito que lo persiguió hasta embestirlo. Por suerte, sólo llegó a desgarrarle los pantalones.

Todos los que amamos a los animales tenemos que aceptar las reglas del juego y una de ellas es respetar su naturaleza. Tito fue enviado a un campo vecino donde se convirtió en el padrillo de un harén de vacas Hereford, que seguramente estarán chochas con él.

Yo lo extraño como loca. Me encantaba llegar al campo, gritar su nombre y escuchar su muuuu de respuesta, pero como supongo que él debe ser feliz, me la banco. Además, sinceramente, no me atrevo a probar si todavía me reconoce, ¡a ver si termino como el jardinero!

www.larevistadesusana.com - Copyright 2009, Todos los Derechos reservados